Barroquema

Quito, la capital, ciudad en desarrollo, perdida bajo un velo de humo y escondida entre enormes montañas que la revisten de mitos y de sombra. Las tardes vibran entre las rabietas de los que están atorados en el tráfico y no tienen otra forma de expresar su ira sino es con el pito, clave que marca el compás de la canción de cólera y apuro con la que nos levantamos todos los que dependemos de ella para mantenernos activos y en movimiento.

Más allá, donde los grillos aún suenan en las noches y los pájaros anidan en árboles de aguacate, a unos 30 minutos de Quito, vive una pareja de artistas que, ante todo, ha tratado de guardar la dignidad, y esto les ha llevado lejos del ruido urbano y la rutina gris de la ciudad. Marco Ullauri y Juana Lloré son una pareja de ceramistas dedicados por completo a la actividad diaria de moldear formas, de bautizar con fuego, de darle vida al barro. Trabajan juntos en su casa-taller que, para más de una persona, resulta un verdadero paraíso donde parece que el tiempo desaparece y todo se marca por colores y no por horas. Hay colores perfectos para tomar el café, y son bastantes, pues el café y el tabaco tienen un especial encanto aquí. El amarillo intenso del sol canicular más bien los aísla en su trabajo, el azul oscuro los reúne en la cocina.

Son jornadas largas e intensas donde se pasean por el taller invitados, aprendices y colaboradores de esta pareja. La casa siempre tiene gente, todos los que encuentran aquí un lugar cómodo para aprender algo. Se los ve a ambos con un profundo tajo en el entrecejo, actitud que invita a la hipnosis de verlos trabajar con la intensidad con la que lo hacen. El silencio no es del todo necesario, ni la formalidad, ni las posturas. La actitud parece ser diferente, parece ser inusualmente verdadera, intensa, apasionada. Las formas que le dan a la arcilla parecen impregnarse de esta fuerza con la que ambos trabajan.

Por un lado esta Marco, el irónico, el intenso. La mayoría de los que lo conocen por primera vez comentan su actitud. Parece como si estuviera enojado todo el tiempo. Te habla histriónicamente, clavándote los ojos, casi enfrentándote, en medio de actitudes entregadas por completo a lo que se está diciendo y a lo que él está defendiendo. Se rasca la cabeza y fuma. Brinda un tabaco, como invitando al dialogo, y se acaloran las palabras. Se rasca las barbas y lo apaga. Es un hombre que a primera vista parece parco, aislado y enojado, y a segunda vista también. Al conocerlo un poco más, entiendes sus movimientos. No es un hombre que se esconde bajo la figura típica del artista hermético, autista, lleno de misterios. El es un hombre que comparte lo que sabe y lo que ha vivido, es un hombre que te hace sentir especial y es ese su misterio. Que es un hombre solitario a pesar de no andar solo, que es un hombre entregado a pesar de estar apartado. Que con la fuerza de sus manos da formas a la arcilla con la delicadeza con la que acaricias a los que amas.

Luego ves del otro lado a una mujer formando a otra. Silenciosa. Ella no fuma, ve al tabaco con indiferente desprecio. A su alrededor maúllan los gatos, los perros descansan sobre las yerbas y la arcilla seca. Juana Lloré es una mujer de vos hipnótica, de acento diferente, de mirada absorbente. Es una mujer que habla con los animales. Verla reír no es difícil, pero siempre con la cautela y la elegancia de un felino. Carcajadas o gritos son extraños en ella, apenas por sus hijas, gran felicidad y tormento de una madre. Cuando trabaja, parece que piensa en ellas. Sus figuras son de formas alargadas, mujeres de ropones largos, de cabellos al viento, de belleza maternal. Una pareja en un lecho que invita a la nostalgia, una escultura que estimula al romance, una madre y su hijo en hombros, evocando la dulzura efímera de lo que fue la infancia. 

Es un arte cargado de amor, de nostalgia, de romance. Sus técnicas han sido desarrolladas hasta el punto de evocar verdaderas pasiones en los que miran sus piezas. Cristalizaciones de colores intensos que acompañan a la situación de lo esculpido, el fuego vivo abrazando cada figura en el rakú, las señales del craquelado impregnan a la pieza de la sabiduría y la elegancia que esconden las arrugas de los mayores.

La autogestión es parte esencial del discurso y la actitud de esta pareja. Ambos han conseguido todo lo que tienen gracias a su propio esfuerzo y sus propias manos. En su casa vemos desde las tasas  hasta los lavaplatos hechos por ellos, el taller, levantado con sus manos, nos muestra hornos caseros expuestos a más de los 1250º C,  arcilla hecha ahí mismo. Cada obra y trabajo ha sido producto de su propia búsqueda, y los proyectos de arte que han concretado en la ciudad, algunos reconocidos internacionalmente, han sido gestionados por su propia iniciativa y sin un gran apoyo ni de gobiernos nacionales ni de seccionales.

Algunas de sus obras son parte del diario convivir de los Quiteños, quienes en mayoría no conocen acerca del ornato artístico de la ciudad. Algunas obras han sido relegadas a la mayor indiferencia e irrespeto, y sin embargo, tanto Marco como Juana continúan en esa actividad que los conecta y los aísla de todo lo que está afuera de su taller.

Diego Pazmiño
Licenciado en Communicación y Literatura
2007


Quito - Ecuador